EL ARTE DE PASAR
Tomasito siempre fue un muchacho precoz. Aunque no lo sabía entonces, nada más llegar a este mundo, el tiempo empieza a pasar deprisa, como en una cuenta atrás imposible de parar. Habló enseguida, anduvo deprisa, se enamoró pronto, y su carácter hosco propició que perdiese muchas oportunidades que le pasaron por delante de las narices sin ser aprovechadas. Su padre le aconsejó, que lo mejor era pasar desapercibido, pero Tomasito no escuchó. Y emprendió un camino lleno de sobresaltos, sin atender a que la vida siempre te acaba pasando factura. El servicio militar no ayudó a su carácter rebelde, no era Tomasito de formar, para cuando tocaba pasar revista a las tropas. Él quería beberse los días, saltarse etapas y pasar de todo. Se aficionó a pasar droga y acabó pasando el mono y toda una serie de calamidades que te atrapan en su cruel torbellino. Tanto es así que primero pasó por el juzgado, luego pasó por la cárcel y ya sin libertad ni dinero, en la trena, no le quedó más remedio que pasar por el aro. Un buen día se dio cuenta de que la vida, con esa dinámica, no te pasa ni una. Y decidió pasar página, rogarle al destino una segunda oportunidad. Buscó una buena chica con la que pasó por el altar. Se aplicó a la tarea de ser una pareja modélica, de esas que ayudan en casa, incluso a pasar la mopa. Su matrimonio iba tan bien, que a veces Tomasito y su pareja se miraban largos ratos en silencio, como si hubiese pasado un ángel. No tuvieron hijos, por lo que nunca tuvo que pasar por el trance de verse perpetuado en otro ser pequeñito que hipotéticamente pudiese repetir sus errores. Y envejeció. Poco antes de pasar a mejor vida, lo último que Tomasito oyó en su cabeza, fueron los acordes de un juglar, parafraseando al poeta: “pero lo nuestro es pasar…” Y Tomasito se marchó de este mundo, con la sensación de que algo se le escapaba. Efectivamente, se había olvidado de pasar la ITV.
José Luis Logar
Escríbenos