El hombre que huía
Uruk corría. Su pequeño cuerpo de adulto de apenas un metro sesenta de estatura sudaba con cada extraña zancada que daba y el propio impulso de la carrera le vencía hacia delante pero sin que llegase a tropezar. Uruk corría porque en el Pleistoceno Temprano correr era la única opción para poder salvar la vida. Se movía con cierta agilidad por un terreno pedregoso e incómodo, pero no se detenía en ningún momento. No podía parar de correr. De vez en cuando metía en su boca un par de guijarros que removía entre sus carrillos con rapidez para enjugar heridas y calmar la sed. Sabía que le quedaba poco para llegar a esa inconfundible oquedad en el paisaje que le proporcionaría seguridad y calor. Cuando alcanzó la vieja sima, ya era casi de noche. Uruk se acurrucó al borde de la misma y miró las estrellas. Nunca supo que 800.000 años después, sus descendientes correrían simplemente por el placer de correr.
José Luis Logar
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