No queda nadie en Zeitoun
Jamila lleva más de media hora sin visión periférica y apenas alcanza a distinguir a dos metros el cadáver que tiene delante. La deflagración ha sido tan brutal, que en su cabeza no logra alinear un solo pensamiento. Tiene la mirada fija y perdida en un punto indeterminado de lo que intuye fue una estancia de la casa. No recuerda cuál. Se palpa los jirones de la ropa y entre ellos asoman islas de carne gris. El sudor frío le pega el pelo a la frente. Pelo chamuscado y polvoriento, como la carne de su cuerpo. Las lágrimas se han quedado petrificadas en su mejilla, parecen lunares impostados. La boca le sabe a hierro. Un agujero en la pared apenas le permite vislumbrar la calle, una calle convertida en una Maqluba* de hierros y cemento. Lentamente, Jamila comienza a entender que el cadáver de la casa es el de su madre. Su padre se había marchado dos días antes a Jan Yunis llevándose a sus hermanos pequeños, con la intención de volver a Gaza a por ellas. Con dificultad, Jamila se arrastra hasta fuera. Bajo el cielo de Palestina, ese cielo que hace tiempo ya no es una promesa de nada, solamente quedan llantos y muertos esparcidos por doquier, salmos enemigos y desesperación. De repente siente unos brazos que la levantan del suelo y antes de desvanecerse, solo acierta a escuchar: “Al-Shifa”
*Plato típico de la cocina palestina consistente en un revuelto de diferentes ingredientes.
José Luis Logar
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