De trazo breve y emociones eternas

My Cardinal

La noche del 21 de junio de 1887 la reina Victoria estaba exhausta. En la soledad de la suite real, su maravilloso vestido bordado con rosas de plata, cardos y tréboles yacía sobre la cama. Todo había resultado excelente. El desayuno al aire libre, el viaje en tren desde Windsor a Paddington, el servicio religioso en la abadía de Westminster y finalmente haber podido agasajar en la sala del Arco del Palacio de Buckingham, antes de la cena, a más de cincuenta reyes y príncipes reunidos para la ocasión. Luego, servir la cena en vajilla de oro había sido todo un acierto, tanto como poder contemplar el brillo dorado reflejarse en los rostros asombrados de tantas princesas.

Abdul Karim, un camarero musulmán hindú contratado para los fastos y que le había supuesto a la reina, no pocos inconvenientes salpicados de prejuicios, le acercó hasta sus aposentos un presente muy especial traído de España por Lord Sinclair. La reina le dio las gracias en urdu, abrió cuidadosamente la caja y extrajo una botella. En una nota adjunta, Lord Sinclair le aseguraba que era un néctar único en el mundo, Brandy de Jerez, un brebaje que necesitaba vivir oculto de miradas indiscretas al menos quince años, para poder paladearse. La reina se sirvió una copa y al saborearlo inmediatamente comprendió que aquel era… su verdadero jubileo de oro.

 

José Luis Logar