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¡ARRIBA LAS MANOS!… Y A CUATRO PATAS

 

Vamos camino de arrinconar en el recuerdo aquellos atracos a punta de pistola y media en rostro que necesitaba un plan, tanto de actuación como de huida, y una exposición física que pudiera comprometer la vida tanto del atracado como del propio delincuente. En esta vorágine de desarrollo tecnológico ya ni siquiera es necesaria esta puesta en escena; el ladrón puede ser virtual, robarte impunemente desde su casa en la tuya mientras se toma una cerveza, minimizando su riesgo con el conocimiento que a ti te falta sobre las redes, y  sus posibilidades, a través de un dispositivo de 20 pulgadas, o hasta 7 si me apuras… y conseguir  en su éxito  el mismo efecto de  ponerte la vida patas arriba que pudiera lograr la añeja expresión presencial “¿la bolsa o la vida?”. Por su comodidad, ni siquiera requiere una situación personal desesperada para delinquir.

Creo que todos somos conscientes de la existencia de esta nueva generación de robos  o estafas y nos advertimos sobre ellas, pero quizás pensemos que son situaciones  que pasan a los demás y que a nosotros no nos reclutará como víctimas, hasta nos crea ciertas dudas por desmentidos correspondientes con el etiquetado de “bulo”, que quién sabe si es parte del engranaje de quien pretende estafarte… y nos protegemos con candidez, creyéndolo suficiente, no contestando a llamadas de números desconocidos. ¿Conocéis a algún estafador de este perfil? Seguramente no; y, más allá de que potencialmente lo somos todos, ¿a alguna víctima y las consecuencias que arrastra o padece? Quizás; yo sí, una recién estrenada: mi amigo Jorge Salcedo, que dispone de un taller de joyería donde son dos empleados y como tantos autónomos intenta mantenerlo para vivir lo más dignamente posible su vida y, en esas lides, hace uso del servicio de banca online que pone a su disposición una desaconsejable entidad de la que voy a omitir su nombre.

El método utilizado se denomina “Phishing”, ciberataque que utiliza correos electrónicos, mensajes de texto, llamadas telefónicas o sitios web fraudulentos para engañar a las personas y hacer que compartan datos confidenciales, descarguen malware (programa maligno) o se expongan de otro modo a la ciberdelincuencia. Así, el pasado 20 de diciembre le extrajeron dos bizum de 500€ cada uno de la cuenta de su empresa (ONIRIUM) y dos transferencias de su cuenta personal, de 1.399,74€ y 1.021,74€ respectivamente; en total 3.421,48€… y si no ha sido más es por los límites de extracción. El estafador contacta con él desde un número que corresponde a una sucursal de su entidad bancaria (que descarta el azar y evidencia la suplantación); la sospecha tiene su inicio al darse  cuenta que le están cobrando comisiones al realizar unas transferencias, cuando nunca se le ha recargado; y su “torpeza”, entrar en un enlace puesto a su disposición para desautorizar  movimiento y confirmar  solución a supuestas retiradas de dinero, pero en ningún momento llega a facilitar su código de Firmamóvil (necesario para ordenar  cualquier transferencia o recarga en su tarjeta virtual).

Entre medias hasta la situación esperpéntica de con dos dispositivos móviles, en modo manos libres, enfrentar a supuesto estafador con el supuesto empleado del servicio de incidencias de su sucursal acusándose mutuamente del fraude. Una vez bloqueadas las tarjetas, cambiar las contraseñas de acceso y reunir las pruebas (captura de pantalla de mensajes de texto sospechosos, transacciones no autorizadas y extractos) procede a la denuncia en comisaría; la policía le comunica que es difícil de seguir el rastro y que seguramente su banco le repondrá la cantidad estafada. A partir de ahí, por teléfono y presencialmente, inicia un reiterado peregrinaje por su entidad, donde se van pasando su atención unos a otros (del gestor de particulares al director, de éste al gestor de empresas…), quienes le piden que confíe en su palabra en la prestación de una solución que no llega y cuya exigencia pasa por reponer la cantidad estafada y garantía en el uso del servicio…  pues como para casi todos, más allá del cotidiano y personal, estos servicios se han convertido en fundamentales tanto para la gestión de empresa y su actividad económica como para promocionar su producto o servicio.

¡CONFIANZA, piden!, precisamente la más agredida y damnificada en cuanto que se ha perdido en sí mismo cara a la utilización de esta tecnología, hecho añicos hacia el servicio en sí por su falta de seguridad… y, por extensión, dinamitada hacia su propia entidad bancaria por la facilidad de suplantación, falta de garantías, pereza en soluciones y ocultación de información que busca la fatiga y rendición de la reclamación. Se podría pensar en su culpa o responsabilidad por “dejarse” estafar y hacer un uso incorrecto de estas herramientas, pero ¿lo es en cuanto que es el mismo que viene haciendo y hasta ahora era correcto y satisfactorio?, creo que en absoluto.

Al margen y obviada la culpa del estafador… entonces ¿Quién tiene que asumir la responsabilidad? En mi opinión quien te ofrece un servicio que se sabe que es tan vulnerable como las personas que lo utilizan; o bien lo anulas o bien lo revistes de garantías haciendo frente a los problemas que genere o bien lo ofreces poniendo a disposición un máster de formación a los clientes… o sencillamente adviertes de la posibilidad de estafa haciendo firmar un documento de responsabilidad (como cuando te operan) a quien lo vaya a utilizar para que no se llame a engaño y tenga la posibilidad de decidir su consentimiento o buscar en alternativa otra entidad de mayor garantía o al menos que asuma los riesgos del sistema.

Se les debería exigir la misma seriedad y rigor implacable con que en nombre de su entidad ejercen o actúan, por ejemplo, cuando uno no puede asumir la hipoteca firmada y en su desesperación pueda llegarles a decir algo así como “ya te pagaré cuando pueda, confía en mi palabra”… te quedarás con la tv que te regalaron por tu elección (en gratitud y celebrando la confianza hacia ellos cuando les preferiste  para domiciliar tu nómina),pero sin la pared donde la enchufas, sin las otras tres del salón donde la luces y sin el resto de la vivienda.

Por otra parte, siempre e innegociable, hay que exigir respeto, ¿cómo puede pedirte alguien que confíes en él si, como es el caso, en su entidad tienes domiciliada la nómina desde hace casi 39 años, la cuenta de tu empresa, la cuenta familiar de tus padres, un fondo de inversión y unas participaciones de capital social como socio… y no sabe ni cómo te llamas o lo primero que te pregunta, habiendo pasado días de la presentación de tu queja,  es si tienes la nómina domiciliada…y ,semanas más tarde, en regodeo hiriente y alardeando mofa,  a lo único que han hecho frente como solución  es a la devolución de la mitad de las comisiones cobradas  por las transferencias en cuestión: ¡3€!? Insultante. Somos personas con todas nuestras respetables “cosas” y circunstancias, no los números huecos de sensibilidad que arroja una cuenta a quien le da lo mismo su titular.

Más allá de la reposición económica o no, me parece más importante dar respuestas y solución a…  ¿cómo se “deshumilla” a una persona, cómo recuperar la confianza en sí mismo y en los demás y cómo se restaura su dignidad y vulnerabilidad? … y creo que entre nosotros hay infinitamente más Jorges Salcedos que expertos blindados a quienes algo así jamás les ocurrirá. En 2012 se solicitaron a Bruselas 100.000 millones de euros para rescatar a nuestras cajas, la aludida entre ellas (solo para sanear  a Bankia se destinaron 23.424 millones),  el dinero no se ha recuperado y 15 de cada 16 € se volatilizaron; en su conjunto cuentan con un Fondo de Garantía de Depósitos (FGD)… qué menos que en  deferencia y agradecimiento a la parte que del rescate corresponde al erario público irrecuperable  asumiera  ser rescatador  en estas situaciones y se activara sin esperar, como reglamenta y hasta 100.000€, a la quiebra de una entidad. Por lo demás, a esperar a que a la inteligencia artificial le llegue para dar instantáneamente  con la ubicación  exacta de quien intente estafarte o sea capaz de activar un dispositivo que haga estallar en su cara la herramienta con que lo pretenda. No sé cómo, pero ¡tened cuidado!… y entrenad la confianza.    

CRISTINO