Ya nunca será otro día
Ya nunca será otro día.
El ayer y su proyecto
con la suerte prometida,
fue pretérito imperfecto.
En busca de un participio,
sin olvidarse del juego
de vivir en armonía.
Había que avivar el fuego.
Ha transcurrido un día más,
entre todos, como tantos…
Sin pretender un balance
ni afinar sus dulces cantos.
El pasado era una oda
de admiración y certeza,
iba en pos de la utopía.
Nunca perdió la firmeza.
Nunca cedió al desencanto
ni blindó su corazón,
ni al azar puso reparos
ni pidió la absolución.
El ayer, que ya se fue
puso un granito de arena,
anodino, casi absurdo.
Sé que mereció la pena.
Se que no cayó en baldío,
que hay un presente que expande
la ilusión de su cosecha.
Un aguacero que ablande
la dureza de esta tierra.
Vamos paulatinamente
transitando este camino,
casi inevitablemente.
Avanzando, recurriendo
a la energía regalada,
a la intuición necesaria
que hacen brillar la alborada.
Ya nunca será otro día
el mañana prometido.
El ayer pasó a la historia
caminito del olvido.
Nos queda el aquí y ahora.
Pétalo que se deshoja
ante los cinco sentidos
creando la paradoja,
la ilusión, el desatino
el desaliento, el verso
la verdad, lo cotidiano,
la realidad, lo diversos
lo inútil y lo sombrío
lo necesario. Y el sueño
que enmaraña la razón
renegando de su dueño.
Un presente que se obstina
dispuesto hacia el sacrificio,
en una pira de fuego
en la luna del solsticio.
Ya nunca será otro día
el mañana prometido.
El ayer pasó a la historia
caminito del olvido.
Abelardo Grande
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