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PRIMAVERA MITOLÓGICA

 

Fue Persefone la bella

en Grecia, hija de diosa

Demeter para más señas

de Zeus amante esposa.

 

Señora de las cosechas,

ama de la agricultura,

de jardines y de vegas.

La niña era blanca y pura.

 

Tuvo varios pretendientes

nobles y apuestos  galanes,

emparentados con héroes

con gigantes y titanes.

 

No convencían a la madre

para yernos los zagales,

todos muy bien valorados

pues no eran malos chavales.

 

A todo esto la niña

disfrutaba del edén

florido, que su mamá

cuidaba la mar de bien.

 

Un día estando con las ninfas,

damas de su compañía,

en un ameno vergel,

vio como el suelo se abría

 

debajo de sus dos pies.

Surgieron cuatro caballos

tan negros como la pez.

Tiraban de un carro de oro

y de un ser de blanca tez.

 

Era el dios del inframundo,

Hades para los amigos,

que se sentía muy solo

y se asomó a ver los trigos.

 

Tomó a la joven del brazo

y a su reino la llevó,

allá por el otro mundo.

Ella desapareció.

 

Su madre ordenó buscarla.

Nadie le daba razón.

Ella misma disfrazada

también se puso en acción.

 

Saliendo por los caminos,

abandonándolo todo.

Quedó la naturaleza

oscura, fría y sin modo

 

de crecer verde y radiante,

tal cuando estaba la moza.

Con tristeza y con dolor

la madre gime, solloza.

 

Un invierno permanente

se apoderaba del mundo.

Nadie sabía dónde estaba

la reina del inframundo.

 

Hades la había enamorado,

ambos a partes iguales

gobernaban los asuntos

de las almas y sus males.

 

Gozaban de las riquezas.

Ella bordaba iniciales

en las sabanas de Holanda

de lechos matrimoniales.

 

Cierto es que no se sabe

si del todo eran felices,

si regañaban o no.

O si comían perdices.

 

Lo cierto es que la mamá

erre que erre, en sus trece.

Que la tengo que encontrar.

Que mi hija lo merece.

 

Alguien puso por testigo

a Helios, el rey del sol,

que desde arriba había visto,

era parte de su rol,

 

el secuestro de la joven,

los potros, el carruaje

y el silencio de las ninfas,

que no tuvieron coraje

 

para contar lo que vieron

en el campo de azucenas.

Zeus como castigo

las convertiría en sirenas.

 

Zeus, hermano de Hades,

padre y señor de la moza,

por sacar de la tristeza

y del dolor a su esposa,

 

en un hábil regateo

echó al medio, con destreza,

seis meses en cada casa.

Así, la naturaleza.

 

Cuando la niña estuviera

con su mamá sonriente,

se mostraría florecida,

vital, hermosa, elocuente.

 

Primavera exuberante,

y veranito caliente.

Cuando la niña partiera

lejos del río y de la fuente,

 

la madre tornaría triste

sabiendo que en el averno,

su hija se encontraría

en los brazos de su yerno.

 

Que era además su cuñado,

Dios cortito, pero eterno.

Eso haría que llegaran

el otoño y el invierno.

 

Abelardo Grande