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GEOPOLÍTICA

 

Como aquella aldea lejana

de galos irreductibles,

Europa ha de estar unida

ante órdenes irascibles

 

del gran César de occidente,

que ha saltado a la palestra

guardando la mano izquierda,

enarbolando la diestra.

 

Qué si te subo aranceles,

qué si te expulso ilegales,

qué si haz lo que yo te diga,

no me toques los timbales.

 

Qué si toda la energía,

qué si el acero y el vino.

Qué si Renault y Woklswagen.

Quietos ante el desatino.

 

Ni prisas ni tiriteras,

ni miedos antes de tiempo.

Sensatez y sangre fría,

que, en esgrima, un contratiempo

 

es una acción ofensiva,

después de haber evitado

el ataque del contrario,

suele acabar en “tocado”.

 

Cierto es que al otro lado,

por las estepas de oriente,

otro peligro acecha,

afilado tiene el diente.

 

Soñando con otro imperio

de yates y de caviar,

gas natural y petróleo.

Puestos a considerar,

 

hay que jugar a tres bandas,

pues el gigante amarillo

se hace el dormido detrás

y está afilando el colmillo.

 

En este billar del mundo

se compite con tres bolas,

una roja, dos son blancas.

Consiste en crear carambolas.

 

Bolas blancas son de saque.

Recibe la bola roja,

los golpes bien calculados.

A veces la paradoja

 

juega el efecto contrario

y a los ángulos se arroja

aprovechando las bandas.

Europa es la bola roja.

 

Conviene considerar

ante tales situaciones

prudencia, perseverancia,

mucha calma y dos razones.

 

La una es un alma libre

que se alimenta optimista,

sin seguir el turbio juego

del César oportunista.

 

La otra es saber resistir

los embates de las olas

con la dureza del nácar,

igual que las caracolas.

 

Lecciones desde lo antiguo,

grabadas en la memoria

de una tierra maltratada,

fiel testigo de su historia.

 

Zeus en forma de toro

raptó a la princesa Europa.

Mitológica señal

que con la verdad se topa.

 

Quién diría que a día de hoy

y tantos siglos después,

después de tantas heridas,

aún persista el interés

 

de un desprecio a la existencia

de quien ayudó a nacer,

en nombre de lo que hoy

les dió la razón de ser.

 

No es noble morder la mano,

a mi modesto entender,

de quien enseñó a vivir,

a prosperar y a crecer.

 

De quien sentó las raíces

del respeto humanitario,

del derecho de las gentes,

como el aire, necesario.

 

Si los tiempos se complican

y aprietan por ambos lados,

la mejor arma es la paz.

Veremos los resultados.

 

El gran César de occidente

imperialismo oxidado

Y los sultanes de oriente

con su fracaso callado.

 

Podrían proponer al mundo

más justicia y menos daño,

menos hambre en el planeta,

más amor, menos engaño.

 

Más diálogo entre partes,

menos guerra y amenazas,

más reflexión y respeto,

más pan y menos mordazas.

 

Ni aranceles ni soberbias,

ni ambición de mala fé.

Que, a veces, con esas armas

va el tiro al propio pié.

 

Ya lo dijo Martín Fierro

aquel gaucho de la pampa:

 

“Los hermanos sean unidos

porque esa es la ley primera.

Tengan unión verdadera

en cualquier tiempo que sea,

Porque si entre ellos pelean

se los comen los de afuera”

 

Cómo aquélla aldea lejana,

Europa ha de estar unida.

Ignoramos el futuro.

Consultaremos al druida.

 

Abelardo Grande