pasion por escribir santa marta de tormes noticias
LAS ORUGAS
 
Miró despacio sus manos anchas, callosas y ásperas. Incluso después de lavarlas conservaban el color del barro seco. Tenía las uñas cortas, aun así, el dorso ennegrecido hablaba de herramientas de trabajo, de esfuerzos ya sin testigos. La ropa ajada cubría su corpachón de andar lento, firme, pisando con respeto aquella tierra de labriego. A primera vista, su aspecto rudo imponía silencio.
Sin embargo, tenía el alma cultivada, no por libros, sino por contemplación de su entorno. Sabía distinguir el olor de la lluvia antes de caer, el silencio que precede a una despedida o escoger las semillas que germinan como las palabras fértiles.
Aquella tarde el aire tenía un aroma distinto. No era humedad, tampoco el perfume de los setos. Era algo más sutil, una inquietud que se colaba entrañas adentro. Jacinto se detuvo junto al roble del bisabuelo, podía leer su salud con solo ver una mancha, una sombra o un temblor diferente. Pasó sus dedos por una de las hojas bajas notando una textura mínima, como un polvillo pegajoso.
Se le apretó el pecho.
Sabía lo que venía.
Las orugas de Malacosoma no tardarían en aparecer: pequeñas, voraces, silenciosas.
Acarició el tronco del roble centenario y sintió su vibración bajo la corteza, era un pulso leve.
— Aguanta — murmuró.
No hablaba con él por costumbre, pero en un momento así… Encendió un cigarro caducado y aspiró despacio sintiendo el humo mezclarse con la impotencia. En menos de veinte días todo el suelo del robledal estaría cubierto por los excrementos pétreos de las lagartas dejando las ramas desnudas cual si fuese invierno en pleno verano.
Hay situaciones que ni el trabajo ni el amor pueden solucionar.
 
M José