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La fuerza de lo imposible

Buenos días”, dijo Grace mientras me acariciaba, buscando acelerar los latidos de mi corazón. Estábamos de vacaciones clandestinas, la luz de la mañana bañaba la habitación del hotel y su cuerpo desnudo emitía un calor irresistible. ¿Qué mejor manera de empezar el día? “Buenos días”, respondí yo cuando terminamos. Nos reímos. Grace se desperezó y fue hacia la nevera. Sacó un cartón de leche y preparó el café.

            —¿Hoy es Louvre o Notre Dame? —preguntó en su incorrecto español.

            —De momento desayunar, que me has agotado.

Grace me sacó la lengua. Ese desparpajo, esa actitud despreocupada y casi nihilista, en contraposición con lo que vivía en casa, donde cada pequeño detalle tenía una gravedad asfixiante, era lo que me había cautivado.

            Una hora más tarde ya estábamos paseando a orillas del Sena. A Grace se le antojó una acuarela falsa de un atardecer con la catedral de París como protagonista. Yo, de naturaleza austera, si no tacaña, no quise mostrar esta faceta mía y accedí a comprársela.

            Comida en el Barrio Latino, paseo por la calle Rivoli… vivía una aventura fascinante a cientos de kilómetros de mi casa, de mi familia. Todo lo tenía atado y bien atado. El viaje a Francia tenía justificación, pues tenía un encuentro con unos inversores a pocos kilómetros de la capital. Grace había viajado en el mismo avión pero no nos habíamos sentado juntos. Tomamos muchas precauciones hasta vernos en el hotel. Ahí todo cambió. Nos desatamos.

            Después de una tarde maravillosa, me encontraba viendo el crepúsculo de París, en las puertas de una discoteca. Mi cabeza me decía que volviéramos a la habitación, que me estaba exponiendo demasiado. Pero Grace me besó cariñosamente y me cogió de la mano.

            —Hay un concierto aquí, vamos—. Tiró de mí hacia el interior. Y me dejé llevar. La palabra imposible se me vino a la cabeza: Imposible que me pillaran, imposible sentirse más poderoso, más invencible. Imposible que aquel día tan fantástico, que acabaría en la cama con Grace, se estropeara de ninguna manera.

            Así que, azuzado por la fuerza de lo imposible, crucé la puerta de la Sala Bataclan.

 

Luis Jaraquemada