La Isla del Soto vuelve a respirar en verde. Tras varios días de intensas lluvias y la inquietud generada por la suelta preventiva de agua desde las presas situadas aguas arriba, el paraje natural de Santa Marta presenta una imagen espléndida, casi intacta, como si la crecida del río hubiera querido rozarla sin herirla.
La contundente subida del Tormes apenas ha dejado huellas visibles. Solo las cotas más bajas en un par de tramos del camino que circunvala la isla han resultado afectadas, junto a un pequeño desprendimiento en la zona norte, frente a los chiringuitos de La Aldehuela, al lado del puente.
La zona del Picón, cerrada desde hace tiempo, permanece anegada siendo la parte más afectada, algo previsible por su menor altitud y por la fuerza con la que aún desciende el agua del Tormes a su paso por Santa Marta
En la foresta arbórea se aprecian algunas ramas rotas y la caída puntual de algún ejemplar, sin que se hayan producido daños de consideración. Son cicatrices leves tras el envite del tren de las borrascas que hemos sufrido.
A la espera de que los árboles broten, la estampa actual resulta luminosa. El verde tapiza cada rincón y el paisaje se abre, más diáfano, permitiendo observar con facilidad la fauna que ha encontrado en estos días un escenario privilegiado.
Cormoranes, garcillas y garzas blancas se dejan ver con nitidez, mientras los patos campan a sus anchas por los nuevos brazos que el río ha dibujado en las inmediaciones de la isla.
Lejos de la amenaza, la Isla del Soto emerge fortalecida. La lluvia ha limpiado el aire, ha nutrido la tierra y ha renovado el pulso del río. Y el resultado es una postal viva, cambiante y serena que confirma, una vez más, la resiliencia de este enclave natural privilegiado y emblemático de Santa Marta.
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