EL MUERTO NO IMPORTA
El tanatorio de Nuestra Señora del Remedio es como todos los tanatorios, impersonal, frío y presto al trámite industrial de despachar almas sin emoción. Las salas que sirven de velatorio resultan idénticas, compuestas por un diván, extraños cuadros con paisajes que no vienen a cuento, una cafetera de cápsulas, un par de mesas altas llenas de azucarillos y vasos de plástico y, finalmente, siempre al fondo de la sala, bien a la derecha o bien a la izquierda, la urna acristalada para velar el ataúd. Esa sobriedad de pretendida clínica dental en horas valle contrasta con el bullicio real que se vive dentro y fuera de cada una de las estancias. Da igual que los finados sean una señora de 87 años, un señor de 75 o un hombre de 69 que apenas llevaba cuatro años jubilado. El acompañamiento se repite invariablemente; los familiares más cercanos forzando una sonrisa que no puede disimular el dolor por la pérdida; vecinos de rellano o de portal que vienen a abrazar y luego se retiran a conversar amigablemente sobre las últimas novedades de la comunidad; dos primos del fallecido ataviados con el chándal del Real Madrid, entrando y saliendo a fumar; compañeros de trabajo refiriendo anécdotas del difunto y un tropel de amigos, conocidos, cercanos y allegados alborotando en la cafetería sin el menor atisbo de pena. Mientras, el muerto, dormido y comprimido en su féretro, ya no percibe cómo la vida sigue su curso tras ese vidrio que separa el todo de la nada. Al pobre muerto, a ese que parece que nadie le hace caso, el verdadero protagonista de la despedida, solo le queda el silencio perpetuo y la eternidad, que vienen a ser lo mismo. Cada veinticuatro horas, las salas se vacían y vuelven a llenarse de cuerpos que una vez fueron personas, cuerpos que se almacenarán en nichos de ladrillo o se volatilizarán con la primera luz del día. Esa es la verdad. Y, parafraseando al poeta… nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.
José Luis Logar
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