Gato triste y azul
El gato estaba hecho un ovillo en el alfeizar de la ventana. Dormitaba acariciado por la suave y mortecina luz del atardecer que le envolvía, dando a su pelaje negro un irreal tono azulado. Seguramente estaba viviendo su quinta vida porque todavía era un gato vigoroso. Se apreciaba en cómo estiraba las extremidades, arqueaba el lomo en una curva imposible y se desperezaba con indolencia. Sin embargo, luego todos sus movimientos resultaban ociosos; los ejecutaba con desgana, al modo de los gatos brasileños. A diferencia de otros mininos, Cortázar, tal era el nombre humano con el que le había bautizado en homenaje al escritor, no sorbía la leche. Se acercaba parsimoniosamente al cuenco, olisqueaba el líquido y de manera displicente paseaba su rasposa lengua de gato por la superficie sin apenas mojarse. No es que fuese un gato aristocrático, era simplemente perezoso, uno de esos gatos para los que el consumo de la energía era un bien preciado. Rara vez maullaba. Era dueño de sus silencios como pocos seres vivos lo son. Pero sí era sensible a la poesía. Levantaba la cabeza, las orejas picudas en alerta, cuando ocasionalmente yo entonaba en voz alta, versos de Neruda, Lorca o Benedetti. Por este último sentía auténtica pasión gatuna. Nos habíamos acostumbrado el uno al otro después de que ella se marchara. Yo cada vez leía más a menudo poesía en voz alta y Cortázar me observaba entre impasible y rendido a la evidencia… ella no iba a volver. Una mañana, Cortázar desapareció. No hubo despedidas, ni tragedias, ni caricias, tan solo la redundante soledad. Hace ya dos meses que ni ella ni el gato acompañan mis días. Estamos, como decía Benedetti, muy felices solos, las plantas, los libros y yo.
José Luis Logar
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