GAMINES
Casi todo lo malo ocurre al atardecer. El atardecer. Esa hora incierta en la que el día duda de la fidelidad de la noche y se niega a anochecer. El escenario perfecto en el que se mueven los extras de una película titulada: existencia humana. Y vaya cómo se movían. Los sanitarios del Samur se afanaban sobre un cuerpo caído en el suelo. De un brazo seccionado, la vida se escapaba a rojos borbotones que no podían taponarse. El perfil azul de las sirenas de policía rebotaba en las paredes de los edificios en una ronda sin fin que teñía intermitentemente de luz las caras de los curiosos asomados a las terrazas de sus casas. La calle se había convertido en un improvisado teatro que no cobraba entrada. La obra representada era una tragedia juvenil acontecida en una esquina que marcaba una frontera imaginaria, un territorio prohibido para algunos y que alguien se había atrevido a cruzar. En esa populosa esquina de la ciudad, donde conviven rostros pálidos, pieles oscuras y cobrizos gamines, cada día, la nada lo convierte todo en nada y el presente es un pasado que ya no está y carece de futuro. El hospital de campaña improvisado por el Samur así lo atestiguaba. Nadie había visto nada, el silencio era liturgia y los máximos sacerdotes de la violencia esperarían pacientemente para hacer llegar su respuesta a cada rincón del barrio. Mientras, el muchacho agonizante se despedía de la vida sin saber que aquello de que el futuro es para los valientes es mentira. Y él iba a morir por una mentira, por un trozo de acera mal asfaltada, por una mirada adusta, por un malentendido. Cuando todo el mundo se hubo marchado y los vecinos se recogieron, solo quedaron como testigos de lo ocurrido una ristra de velas ardiendo, una madre llorando y, flotando en el aire, el feo espectro de la mala suerte.
José Luis Logar
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