De trazo breve y emociones eternas

Todo es mentira


El chico parecía realmente desesperado. No debía de tener más de veinte años y reclamaba suplicante la atención de su pareja. “Aunque lluevan lágrimas eternas, y afligidos suframos mil agravios, todo es mentira menos tus labios”, le dijo a media voz. Ella no se inmutó y miró al vacío apretando los labios. Ambos estaban sentados en un banco del parque, él embobado con ella y ella ignorándole con estudiada indiferencia. El chico lo volvió a intentar: “Aunque impunes maldigan nuestros nombres y sus ecos se dispersen en el viento, todo es mentira menos tu aliento”. Entonces la chica le observó con dureza, con esa dureza de quien no está dispuesta a perdonar lo que posiblemente escondía una afrenta sentimental. Yo, sentado en un banco cercano, fingía leer el periódico y no prestarles atención. Estaba siendo testigo de cómo mendigar el perdón en verso podía llegar a convertirse en socorrida arma de seducción. Tercer asalto: “Aunque el odio se asome a las pupilas y la vida se vista con despojos, todo es mentira menos tus ojos”, prosiguió el tentador. Esta vez hubo un tímido esbozo de sonrisa y un segundo de vacilación. Mientras, yo seguía varado en la sección de deportes y escrutaba furtivamente a la pareja por encima del filo de mi diario. Como quiera que las líneas defensivas empezaban a resquebrajarse, el amante desdichado decidió asestar el golpe definitivo apelando a una hipotética paternidad futura: “Aunque en los brotes la savia se diluya y las flores nos regalen su simiente, todo es mentira menos tu vientre”. Eso derivó en un deshielo absoluto y la seriedad de la agraviada dejó paso a un leve pero valioso mohín de complacencia. La chica se levantó, luego lo hizo él y la cogió por la cintura. Pensé por un momento que la deuda estaba condonada, pero faltaba aún el perdón definitivo, que llegó cuando, antes de besarla, sentenció: “Aunque asustadas tiemblen nuestras almas y abatidos sintamos el dolor, todo es mentira menos tu amor”. Ese día supe que Romeo era un aficionado.

 

José Luis Logar