De trazo breve y emociones eternas

Una calle de París

 

Mi infancia no tuvo patios ni limoneros maduros. Solo una calle serpenteante en el distrito once de París. La rue de la Fontaine-au-Roi (calle de la Fuente del Rey) es la púa central de una especie de tridente torcido, formado además por la rue Faubourg du Temple y la de la Folie Mericourt. El rey en cuestión era Felipe II de Francia, El Augusto, séptimo en la dinastía de los capetos y benefactor de París, y la fuente referida era el itinerario por el que llegaba el agua hasta el populoso barrio de Belleville allá por el siglo XVII. En ese punto precisamente muere mi calle, tras haber cruzado de soslayo la avenida Parmentier, exhausta después de desplegarse más de cien números. Mientras el escritor Enrique Vila-Matas con su irónico cartabón literario intentaba encontrar el cuadrante de asfalto en el que había fenecido la amante de Modigliani, yo cada mañana bajaba la calle desde el número 20 y tomaba el metro en la Plaza de la República para llegar a clase. Pero la calle no es una calle cualquiera, tiene mucho pasado. A mediodía del 28 de mayo de 1871, a la altura del número 17, caía la última barricada de la comuna de París tras los cruentos sucesos de la llamada “Semana Sangrienta”. Todavía hoy, entre una casa de comida peruana para llevar y un centro de relajación de yoga, languidece una placa conmemorativa dedicada a los insurrectos. Cosas de la globalización. Así era mi calle, la misma que albergaría durante la Segunda Guerra Mundial un local de la CNT española; la misma en la que en noviembre de 2015 un grupo yihadista inició su mortal recorrido, antes de trasladarse hasta la cercana sala Bataclán; la misma en la que me entretuve con una chica en la esquina con la rue Folie Mericourt, mientras mi padre me esperaba en casa calentando una lata de raviolis Panzani. No sé por qué me estoy acordando ahora de todo esto, sentado frente a la ventana. Debe ser que la nostalgia me ha pillado a traición.

José Luis Logar