De trazo breve y emociones eternas

Estación de penitencia

Sevilla anochecía como cada Jueves Santo, entre vahos de incienso y olor a cera quemada. Los ecos de trompetas y tambores, como una sinfonía lejana que se acerca poco a poco, iban revistiendo de solemnidad las paredes del barrio. James Freeman, un estudiante norteamericano de Montgomery (Alabama) que había llegado a España durante el receso de primavera en sus estudios, encontraba que Sevilla era encantadora. Una ciudad alegre, de buen clima y alcohol a precios asequibles. Tanto, que llevaba borracho toda la noche y se había desgajado de su grupo de amigos, muy inquieto y aturdido tras salir a trompicones de un garito infecto en el que tocaba un grupo musical punki. La banda, Kofrades del Kristo de las tres Kaidas, llevaba escrito KKK en la batería, tres letras que de repente despertaron en James un miedo atávico. A media mañana estaba dando tumbos por la calle del Altozano y a mediodía por San Jacinto. Nadie sabe cómo acabó en la calle Pureza, pero allí estaba a punto de tropezarse con la procesión. James Freeman estaba sentado en el suelo, ajeno a la gente que le rodeaba, entre dos señoras enlutadas y serias sentadas en sillas plegables, que le miraban como a un bicho raro. Sonreía sin saber lo que estaba viendo e intentaba aplaudir con sus manos descoordinadas. Una le hizo un gesto a la otra con el pulgar, apuntándose a la boca. El murmullo de la multitud iba en aumento, así como el volumen de la música; la expectación dejó paso al fervor y, en el caso de James, a la sorpresa. De repente, doscientos nazarenos, con sus capirotes, ocupaban todo su campo de visión. Eso resultó demasiado; como un resorte, se puso en pie y, entre alaridos, salió corriendo enloquecido. Los informativos locales abrieron al día siguiente con la noticia de que un chico negro se había precipitado al río por el puente de Triana mientras profería frases inconexas sobre el KuKlux Klan. 

José Luis Logar