De trazo breve y emociones eternas

AMOK


Era una de esas noches en que la luna lucía tan escasa, que su fina curva parecía el resultado de una manicura celestial. Como si Dios hubiese decidido cortarse una uña y, en vez de recogerla, de manera displicente la hubiese dejado flotar por el espacio. Todo era paz. La escasa luz apenas se colaba entre las rendijas de la persiana de mi dormitorio. El tiempo había entornado los párpados en uno de esos descuidos que de vez en cuando nos regala la eternidad y que percibimos como pliegues en el lienzo que representa nuestra vida. Tumbado sobre mi cama, ebrio de estrellas, estaba dispuesto a echarle un pulso a la noche. Mi mente era como una mariposa haciendo equilibrios sobre una enorme hoja de roble arrastrada por el curso de un río imaginario. Era una típica noche de viernes y, al otro lado de cualquier viernes, siempre es fin de semana. En mi cabeza habían sonado todas las músicas, vivía rodeado y amartillado por ellas y, sin embargo, solo ansiaba sintonizar el silencio. Como el silencio de mis padres. Llevaba dos días enteros sin escuchar voces, tampoco sus voces, y eso que estaban los dos en el salón de casa, inertes, rodeados de un gigantesco charco granate y reseco. Pero mis padres ya no eran mis padres, o al menos no como yo necesitaba percibirlos. Quizá nuestra verdadera propiedad privada, la única, sean nuestros recuerdos. Aunque nos los intente robar el haloperidol -del que yo llevaba tres meses sin tomar la dosis- y tengamos que pedirlos prestados en incómodos plazos de lucidez. Me levanté, crucé el salón y me detuve en la cocina. Entonces, a través de la transparencia de un vaso de agua, mis manos ensangrentadas me alertaron de que para resucitar los recuerdos era necesario no morir del todo. Pero mi realidad desconocía si yo estaba vivo o muerto. Incluso días después, cuando vinieron a detenerme, nunca supe en cuál de las múltiples capas de mi mundo, habían sucedido las cosas.

José Luis Logar