De trazo breve y emociones eternas

El daño es un territorio

Era uno de esos días de verano en los que no puedes parar en casa. El sol le pegaba bocados a la sombra de los árboles y el calzado de la gente devoraba y resecaba la hierba de las parcelas, de las penínsulas de tranquilidad verde que se expandían a un lado y otro del sendero que dividía el parque. Troncos tatuados y heridos de letras, amores que algún día fueron, me saludaban al paso. Andaba despreocupado, con las manos en los bolsillos de los pantalones cortos, el torso desnudo y la camiseta medio doblada sobre el hombro derecho. Los perros sueltos corrían en todas las direcciones y ladraban al aire. Los niños jugaban entre gritos de júbilo y llantos de rabieta. Era uno de esos típicos días de verano en los que pierdes la perspectiva, se adormecen las ambiciones y no haces nada porque realmente no hay nada que hacer. Y de pronto, a la salida del parque, en tan solo un instante, fundido a negro y estruendo de hierros chocando.

No es el ruido subjetivo del impacto lo que me ha despertado, ni su amplificación progresiva dentro de mi cabeza. Me ha despertado el dolor. El dolor es un territorio. Cabe en un cuadro, en una foto, en un atestado, en los contornos físicos de un automóvil destrozado. El dolor tiene memoria y lo vuelvo a comprobar al acariciar las prótesis que han usurpado mis dos piernas. El tacto me traslada de nuevo hasta aquel fatídico verano, porque el dolor ha vuelto, o quizá es que en realidad nunca se ha marchado del todo y toca compartir tiempo con él. El tiempo, curioso concepto, nunca pensé que en este oasis hospitalario de Toledo donde aprendo a caminar de nuevo, supieran tanto sobre tiempo y el dolor.

 

José Luis Logar