De trazo breve y emociones eternas

El pecado de no tener chanelo

Cuando le vi acercarse, pensé: “Ya me ha tocado el zumbado de turno”. Vestía una túnica blanca y calzaba unas sandalias con calcetines. Iba caminando por mitad de la Gran Vía haciendo aspavientos con las manos y hablando solo en voz alta, como un predicador enfervorecido por la voz de Dios, que en esta ocasión supuse le hablaba a través de unos auriculares inalámbricos. No acerté. No eran auriculares, sino algodones. Debería haber sabido que Dios es profundamente analógico.
Sea como fuere, se me echó encima, me sujetó los antebrazos y me espetó: ¡Alabado sea el Señor! Como no se me ocurría qué decirle, le solté: “Con su mirada”. El tipo se quedó sorprendido. Me escrutó de arriba abajo y volvió a la carga: “Bendito sea su fruto”. La cosa se ponía interesante. “Que el señor permita que madure”, contesté. Esa sí que no se la esperaba. Ni yo tampoco. Me brotó de manera espontánea, como si a mí, esta vez sí, me hubiese poseído del todo el mismísimo fantasma de Margaret Atwood. La situación amenazaba con convertirse en un sainete distópico, una especie de cuento de la criada, pero en clave verbena de La Paloma. El hombre se echó para atrás, pero volvió a la carga una vez más: “Bienaventurados sean los mansos” y me abrazó unos segundos. Le guiñé un ojo y le susurré al oído en tono cómplice: “Alabado sea”. El hombre parecía satisfecho; después me soltó y se fue calle arriba tranquilamente. Yo seguí caminando hasta la Plaza de España, riéndome por dentro y festejando seguir en el mundo de los cuerdos, de los racionales, de los condescendientes, de los que se cruzan con un lunático pero no saben que en realidad es Luis Candelas. Y yo lo supe nada más subir al autobús… porque Dios se había quedado con mi cartera.

José Luis Logar