En época de Lupercales
La cabeza de Valentina es un piélago de confusión. Los sentimientos se le precipitan cuerpo abajo y vuelven a subir hasta las sienes con la misma intensidad que si estuviese anclada a una atracción de feria. Desde hace un mes y medio no duerme, o duerme mal, o cree que duerme, pero en realidad vive en una permanente vigilia donde entregarse al sueño resulta una pérdida de tiempo. Hasta ahora había sido feliz; todo el mundo la mimaba, la besaba, la arropaba por las noches. Pero eso para ella ahora carece de importancia. Es curioso que solo haga falta un nombre de tres letras para cambiar el mundo. Su mundo. Un universo que nada tiene que ver con esa existencia insulsa, rosa y acaramelada en la que vive su compañera de cuarto. Ella es demasiado fría, distante y engreída como para darse cuenta de nada. Ni siquiera ha detectado su zozobra, sus temblores, la inmensa felicidad que siente cada vez que él está cerca. Desde que apareció en su vida al final de la primera semana de enero, todo resulta diferente. Y Valentina sigue suspirando y suspirando sin saber que a mediados de febrero, al escuchar de refilón una conversación sin trascendencia, le será revelado el significado de ese verbo intransitivo que no la deja respirar. “Acuesta juntos esta noche en la cuna a Valentina y a Ken, mi amor. No creo que por una vez, Barbie se ponga celosa”.
José Luis Logar
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