De trazo breve y emociones eternas

DE VEZ EN CUANDO LA VIDA ES UN RAÍL

La vida a veces transita por senderos de hierro, que huyen paralelos ante nosotros, camino de ninguna parte. Eso es a veces la vida, un raíl que seguimos con la mirada hasta que nuestros ojos nos obligan a volver a la realidad, a observar nuestras manos, a rozar el cuerpo de al lado, a escuchar una conversación en un lugar donde sobran las palabras y el silencio queda fragmentado por el traqueteo obstinado de un metrónomo que ha conseguido domar el espacio y el tiempo.
Lo malo es que también a veces, la muerte se embarca en ese mismo viaje. Y ambas, que siempre intentan evitarse, acabarán por coincidir en algún lugar indeterminado del trayecto, para discutir caprichosamente quién se va a quedar con el alma de esos desconocidos que nada saben de lo que va a ocurrir. Mientras la vida y la muerte se retan a jugar esa macabra partida, los desconocidos sonríen, se miran, hacen planes o duermen su cansancio, confiados en que la vida es el único compañero de viaje con quien comparten billete. Nadie espera al polizón, que es quien realmente controla el devenir; nadie cuenta con el viajero clandestino e implacable que no atiende a súplicas.
Llegado el momento, la vida exigirá tímidamente su cuota, pero la muerte impondrá sus condiciones, iniciándose un reparto aleatorio, aunque desigual, contra el que los desconocidos nada pueden hacer. La vida se quedará con una niña, con un perro, con un muchacho que prefirió seguir sentado en vez de ir a tomar café o con una mujer embarazada; la muerte se llevará a los padres de esa niña, a los amigos de ese muchacho que no quiso moverse de su asiento o a la pareja de enamorados que solía moldear el mundo a través del obturador de su cámara. Todo conducirá fatalmente a que una mella en el metal derive en tragedia. Tan sencillo como infausto, tan absurdo como terrible. Al final de la partida, los dos contendientes separarán temporalmente sus caminos, hasta la próxima ocasión. Mientras otros muchos desconocidos llorarán a los ausentes, velarán sus restos y maldecirán al hado por haberles arrebatado lo que les pertenecía, pero la muerte no entiende de pertenencias y la vida tan solo puede perpetuarse.

José Luis Logar