Franja sin hogaza
Una niña gime entre los escombros. No le duelen unas piernas que ya no tiene, solo le duele el dolor. Ese gemido es el testimonio desgarrador de gentes amordazadas por la pena. Una banda sonora teñida de silencio y que se mueve al compás machacante de las bombas. Una onomatopeya criminal huida de la garganta de algún genocida que anda escondido muy cerca. Entre el polvo del infierno se mueven sombras silenciosas, sombras que recogen lo que pueden para convertirlo en pan y sobrevivir; para improvisar un trueque apresurado o para hacer acopio de lo que sea, pensando en cuando acabe el fragor de los estruendos. Esos, de cuyo aliento fétido da cuenta el viento y no parecen acabarse nunca, engarzados en los cuerpos de días y de noches interminables. Mientras, los hombres hablan sin cesar, hasta que se les seca la boca, hasta que los nudillos contraídos de las manos se retuercen, blanquecinos de desesperación. La diplomacia se ha convertido en una mentira que se desbarata en el vacío. Pero en Gaza siguen las bataholas de niños llorando y padres y madres buscando algo que les proporcione alimento y consuelo. Todo el mundo busca algo en Gaza; lo que nadie sabe es el qué. Quizá sea porque en Gaza ya no queda nada, tan solo el gemido de una niña sin piernas, de un pueblo sin voz, de una estirpe sin futuro que cree que las cosas ya no pueden ir a peor… ¿O sí? Empieza a llover.
José Luis Logar
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