De trazo breve y emociones eternas

Natividad “Klaus”urada

 

Era la primera vez en miles de años que no madrugaba. Se desperezó y se asomó a la ventana. No sabía en qué momento las cosas habían cambiado, o quizá sí lo supo, pero se negaba a aceptar la realidad. Los niños escaseaban; los pocos que quedaban inevitablemente cumplían años y los Reyes Magos se desdibujaban. El secreto revelado, en edad cada vez más temprana, era el hambre que el mercado se ocupaba de satisfacer. Por eso, la excursión anual de diciembre se antojaba extenuante, pues la ilusión no acompañaba como antaño. Y la ilusión, enemiga del mercado, vivía sus horas más bajas.

 

Fuera, Rodolfo y Bailarín jugaban al ajedrez con las piñas esparcidas por el suelo del jardín. Santa los miró enternecido. La semana anterior a Navidad, las reuniones habían culminado con éxito. Todo estaba atado. Surgieron algunas complicaciones con el SUF, el Sindicato Unificado de Elfos, que se resistían a la digitalización, pero finalmente tanto el americano calvo como la obsequiosa y sonriente delegación china consiguieron convencerlos. Santa se reservó el derecho de volver a su puesto de trabajo si las circunstancias cambiaban y de repente el mundo recuperaba la cordura. Todos aceptaron la cláusula, pero en realidad parecían más empeñados en complacer al viejo que en cumplir los términos del acuerdo. Santa salió fuera de la cabaña; los renos levantaron la cabeza, pero enseguida siguieron con sus tareas. Se sentó en una mecedora del porche y encendió su pipa.  No hacía nada de frío.

 

Laponia ya no era Laponia. Parecía una postal de Canadá en primavera. Y eso le llenó de tristeza.

 

José Luis Logar