El ocaso de un díptero
Un trozo de donut de chocolate yacía en el suelo. Abandonado a su suerte, apetitoso, enroscado en semicírculo sobre sí mismo y flanqueado, apenas a unos pasos, por una porción que se había desgajado del todo.
Ciertamente, el botín era suculento, por eso la mosca no entendía que varias de sus amigas revolotearan impacientes, alrededor del cachito pequeño y se persiguiesen intentando ahuyentarse unas a otras. Nada les importunaba, no había humanos a la vista a los que molestar, ni pájaros de los que huir. Llevaba más de veinte días de vida adulta tras dejar atrás la inconsistencia de ser larva y la zozobra adolescente de ser pupa. Solo una molesta y provisional congestión en los receptores de las antenas la tenían irritada.
Cegado por el deseo de azúcar, su pequeño cerebro de mosca ni se lo pensó. La mosca cogió altura, batió las alas con fuerza para alcanzar velocidad y se lanzó en picado. Solo cuando el impacto sobre la pieza era inminente… la olió. El hedor era inconfundible y automáticamente supo que moriría allí clavada, sin posibilidad de escape ni maniobra de rectificación. “Vaya mierda de muerte” acertó a pensar.
José Luis Logar
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