De trazo breve y emociones eternas

Lo que el viento se llevó.

 

Anastasia Fernández Ampuero, Tasia, contemplaba por la ventana de su habitación de la residencia, los estertores de otro día más que se iba apagando. Un poco como su propia vida. Desde 1932 había llovido mucho y ahora, tras la lluvia, se abría paso la niebla. La semana anterior, su hija había venido a visitarla para contarle novedades de algo que en ese momento era incapaz de recordar. Cierto es que parecía muy animada e intentó contagiarle con su parloteo la alegría por las buenas nuevas de las que decía; era portadora. A su hija siempre le había gustado ese lenguaje, de reminiscencias antiguas, que para ella cada vez tenía menos sentido. Como casi todo desde la aparición de la niebla. Le habló de cosas extrañas, algo de una fosa común, retazos de conversaciones que incluían palabras que sonaban hasta científicas, como forense o arqueólogo. Consiguió abrumarla y hasta preocuparla, sobre todo cuando dijo algo del abuelo y se le saltaron las lágrimas. ¿Por qué tanta insistencia en hablarle de restos? ¿Acaso se refería a los restos de la cena que no se había terminado porque no tenía hambre? Tasia no entendía que las chicas de la residencia le fueran con esos chismes a su hija. Le fastidiaba y se enojaba por ello, y entonces le entraba miedo, ese mismo miedo que sintió cuando, siendo pequeña, su padre desapareció después de que vinieran a buscarle. Y nunca más volvió. A veces consigue recordar que era muy guapo, moreno y repeinado como el actor Gar Gable, de quien conservaba una foto. Lo extraño es que detrás de la foto está escrito Tomás Fernández 1936 y no Gar Gable. Da igual, parece que se acerca de nuevo la niebla. Hoy está muy cansada. Ya lo pensará mañana.

José Luis Logar