De trazo breve y emociones eternas

La gripe de Dios

 

La niña, sentada en el carro, contemplaba la escena sin comprender. El predicador gritaba enfervorecido, echaba espuma por la boca, los ojos casi se le salían de las órbitas y su mandíbula no era más que un rectángulo tenso y sanguinolento que se contraía con cada espasmo. Su lívido y blanquecino cuerpo apenas podía moverse atrapado entre el barro y las ramas. Había llegado a la aldea dosaños antes, con su aire severo, antipático, intentando imponer normas a la comunidad, hablando de un Dios cuyos designios nadie entendía. Según él, eran indescifrables. Para las gentes de la aldea, ni la palabra designio ni la palabra indescifrable significaban nada, no daban de comer, no ayudaban en la caza ni en la recolecta. Los hombres pronto dejaron de interesarse por él, las mujeres le rehuían y solo los niños se reían de su barba y de su extraño lenguaje. Llevaba lloviendo sin parar tres semanas, todo estaba anegado, destrozado, y los lugareños habían decidido abandonar esas tierras. Los que se marchaban le miraban sin verle, acarreando los pocos enseres que habían conseguido salvar de las inundacionesy levantando la vista al cielo en busca de una explicación. Cuando el agua ya le llegaba al cuello, el predicador tuvo tiempo de decir antes de ahogarse definitivamente: “Porque Dios también llora -eso es la lluvia- o estornuda -eso son las tormentas-. El cambio climático no es más que una mala gripe de Dios”.

 

José Luis Logar