De trazo breve y emociones eternas

Piscatoria

 

Los pescaderos suelen llevar un mandil de plástico a rayas verdes y negras, una especie de babero gigante de medio cuerpo que les queda justo por encima del final de la caña de sus gruesas botas. Esas rayas tienen reminiscencias de fondo de acuario, de vientre de criaturas que se ocultan en lo intangible de los fondos marinos. 

 

El agua que limpia los restos que evisceran los pescaderos, corre delantal abajo y se pierde siempre en un lugar que desde fuera del puesto nunca alcanzamos a ver. Hay dos cosas propias de las pescaderías que contrastan entre sí, el bullicio que anuncia el producto, siempre fresco y recién traído, con el silencio del pescado muerto que reposa tranquilo sobre su lecho de hielo. Ruido y silencio. En eso pensaba la anciana a la que le tocaba la vez para pedir. 

 

El joven tendero tenía entendido que había sido una famosa periodista ya retirada hace años, que ahora venía cada miércoles a comprar y se quedaba absorta contemplando la variedad de ejemplares inertes y fríos que alguien le había robado al mar. La anciana sonrió al muchacho cuando le mostró, como un trofeo, una magnifica merluza. A diferencia de otros clientes de la pescadería, no llevaba bolsa. Sacó del bolsillo de su abrigo un ejemplar de El País y se lo entregó para que le envolvieran la pieza. “Sin PRISA”, dijo.

 

José Luis Logar