De trazo breve y emociones eternas

Ya no hay amo 

La borrachera era de época. Llevaba toda la noche, tambaleándose de un lado para otro mientras gritaba “Ya no hay amo ni patrón, en el siglo del descanso, ya no hay sueños ni razón… y el empresario es falso”. Tenía fama en el barrio de haber sido un sindicalista de raza, duro, peleón, comprometido, pero un Expediente de Regulación de Empleo en su empresa, le había dejado en la calle apenas cumplidos los cincuenta años. Todo el mundo conocía sus problemas. Abandonado por su mujer, repudiado por sus hijos, solo en el alcohol y sus espejismos parecía haber encontrado consuelo. Un consuelo efímero que a duras penas soportaban, su maltrecho hígado y su cara congestionada. El dueño del bar, aunque amigo suyo, le había pedido que saliese a la calle para no molestar a los parroquianos. “Ya no hay amo ni patrón, ni un presente asegurado, ni un futuro algo mejor. Solo opciones de mercado”, murmuraba sentado en la acera, beodo y puño en alto. Se levantó como pudo, intentó ajustarse la cintura del pantalón y a duras penas se encaminó a cruzar la calle. “Ya no hay amo ni patrón, en el siglo del descanso. Oprimido el corazón y de ilusiones descalzos”. Fue la última frase que se le escuchó decir. Eran las seis de la mañana y el conductor de la furgoneta que le embistió, apenas había dormido para poder llegar a tiempo al almacén a cargar. La tarde anterior, su jefe había amenazado con incluirle en un ERE.

José Luis Logar