De trazo breve y emociones eternas

A ORILLAS DEL SENA

 

El pequeño Mateo llora frente al televisor. Siempre llora cuando está viendo su película favorita, una fantasía animada inspirada en la Corte de los Milagros. Podría ser un domingo cualquiera por la tarde, pero este domingo es especial. Es el primer domingo después de Pascua y, por lo tanto, su cumpleaños. Mateo cree que será, como los ocho anteriores, en el fondo quizá un poco triste, tal vez también un tanto corto, o quién sabe, igual, la vida le sorprende con un final inesperado y divertido.

 

La tarta, en forma de templo, descansa sobre la mesa, a la espera de ser troceada y engullida. Antes, nueve velas llameantes serán barridas por un aliento infantil lleno de deseos y risas que inundarán la humilde estancia que contiene el pasado, el presente y posiblemente parte del futuro de Mateo. A media tarde, los primeros amigos del colegio aparecen en el umbral de la casa portando sus presentes. Algunos juguetes, tebeos, lapiceros, baratijas que engordarán la vasta lista de posesiones que puede atesorar un niño de nueve años. Además, su amigo Martín le ha regalado un coche amarillo teledirigido, Felipe, un estuche de 24 rotuladores, y otros compañeros, pulseras de plástico trenzado, una careta de Spider-Man e incluso un bolígrafo de ocho colores. Mateo sonríe tímidamente, agradece los detalles, les ofrece bebidas y golosinas y espera.

 

Está a punto de llegar el momento que tanto anhela y no es otro que la aparición de Agnes. Está secretamente enamorado de ella, de su nombre, de resonancias francesas, de sus ojos verdes, de su cabello negro, de la insolencia con la que trata a todos aquellos que a veces se mofan de él en la escuela. Mateo, por lo general risueño, sufre con las burlas, se retrae, pero no dice nada. Agnes lo sabe y, cuando esto ocurre, sus carrillos se tornan rojizos y se le enfurecen las dos gemas que rematan su hermoso rostro. Una vez ahuyentados los burladores, le habla despacio, con cariño, intentando arrancarle una risa con cualquier anécdota y sobre todo tranquilizándole. La voz de Agnes, extrañamente envolvente para una niña de su edad, tiene un efecto sedante en Mateo. Hablar con ella es fácil. Todo en la vida es más fácil con Agnes y eso a Mateo le da fuerzas para levantarse cada día, acudir a las tediosas clases y soportar de vez en cuando la humillación de ser diferente. Puntual como una colegiala aplicada, Agnes se presenta en casa de Mateo acarreando lo que parece una caja perfectamente adornada con grecas y arabescos. Mateo no sabe lo que es, pero está convencido de que será algo especial. Tan especial como Agnes. Cuando desgarra el papel de regalo, se le ilumina la cara al comprobar que es un puzzle de más de quinientas piezas y un motivo que le conmueve profundamente… “La Catedral de Nuestra Señora de París”. En el interior de la caja, sus más íntimos sentimientos, en trocitos irregulares, esperando a ser recompuestos. Por fuera, la foto que le ha marcado desde que era muy pequeño. La majestuosidad de su fachada occidental, su rosetón, sus torres, como si nunca el fuego hubiese podido siquiera acariciarla.

 

En ese preciso momento, Mateo es inmensamente feliz. Tanto, que cuando Agnes se le acerca, le rodea con los brazos y sus manos acarician suavemente la prominente joroba de su espalda, ni siquiera acierta a escuchar que le susurra: “No temas, cada cual tiene su propia montañita que escalar”.

 

José Luis Logar