Malos Aires
Era uno de esos días de niebla sacado de un lienzo de Turner. Un día de bruma tenue donde las nubes bajan a acariciar el suelo y donde el sol se viste de luna, de pereza y de atardecer. Nadie sabe qué hacer con la vida en un día así. Simplemente esperar algo. Pero Ramón ya no esperaba nada. Frente al banco en el que estaba sentado, un enorme escaparate repleto de ofertas de viajes, un surtido de felicidad organizada, le recordaba a diario lo cerca que estuvo una vez de Buenos Aires.
Qué rápido había pasado el tiempo. El único tiempo que no pasa deprisa es el de la lavadora. Quizá también el de la tristeza por el amor perdido. Y eso es porque el amor lo vuelve todo lento. Por lo demás el tiempo te atropella y te envejece. Eso debe ser tomar conciencia de su paso. Buenos Aires estaba en oferta. El río de la Plata, el barrio de La Boca… Y ahí estaba él. Víctima de malos aires, sin plata en el bolsillo y con la vida dándole una patada en la boca. Ramón sacó el adoquín de una bolsa de plástico y lo estampó contra la cristalera de la agencia de viajes. Cuando lo detuvieron sonreía. No opuso resistencia. Sabía que esa noche la bruma no se le metería entre los huesos. Cada cual elegía su propia bombonera.
José Luis Logar
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