Bienvenido al circo, payaso triste.
Estaba pálido como solo pueden estarlo aquellos a los que la circulación de la sangre les ha abandonado temporalmente por vacaciones. Sudaba profusamente y la goma del gorro de viscosa verde que le tapaba el pelo le apretaba de tal forma que su cabeza se asemejaba a un repollo lacio. Miraba a su mujer con ojos de primerizo a punto de desmayarse mientras los médicos se afanaban en el paritorio sin prestarle la más mínima atención. Se sentía inútil, sosteniendo flácidamente una mano que en realidad le sujetaba a él mientras su dueña gritaba enloquecida, culpándole por hacerla pasar esas calamidades. El parto parecía ir bien. Intentaba sonreír debajo de la mascarilla, pero nadie se daba cuenta. Era el ridículo apuntador mudo de una función teatral donde los actores le ignoraban o le lanzaban una mirada de reprobación si se movía, aunque fuera levemente, del cabecero donde le habían plantado. La cosa se fue acelerando a base de resoplidos y llantos. La vida a la que empujaban desde el interior de esa hermosa mujer que le miraba con furia de feliz reproche se abría paso entre secreciones y llantos. Primero la cabeza, luego los hombros y, tras deslizarse por un tobogán de fluidos varios, el resto del cuerpecito. Un muñeco rojizo y desaseado. Su hijo. Le flojearon las piernas, pero mantuvo la compostura, se levantó la mascarilla y besó a su mujer, que le miraba sin verle, pues ya solo tenía ojos para lo que a él le pareció desde el primer momento una obra maestra, un mecanismo perfecto de vida y preocupaciones. Se inclinó sobre el bebé y le susurró para que nadie le oyese las mismas palabras que su padre le transmitió al nacer: “Bienvenido al circo, payaso triste. Bienvenido al circo de ilusión y de ternura y también bienvenido al circo de amargura y desazón. Te lastimarán muchas veces, así que llora, ríe, pelea, sufre, disfruta con pasión. Vive el presente, es lo único que de verdad importa”.
José Luis Logar
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