DERROTA A CÁMARA LENTA
Partiendo de que no todos los niños son iguales, como no lo son todos los padres, profesores y colegios, de excepciones, condicionantes y circunstancias. En sintonía y hurgado en artículos anteriores, hay una pregunta que interesa que quede archivada en el limbo o recluida en el subconsciente del docente (o ni eso, porque es lo que hay) y que no conviene darle respuesta por su incómoda trascendencia social e incertidumbre futura, de solución que se antoja imposible y de una dificultad que aconseja desviar la mirada: ¿En qué momento el reto principal en el aula se convirtió en controlar el comportamiento más que en inspirar el aprendizaje? Yo creo saber la respuesta, inicialmente hace poco más de 15 años y con silencioso efecto de “bola de nieve” en su desarrollo (arropado por el tecnológico) hasta llegar al momento actual. Desde que la escuela abdicó de enseñar e inauguró por imposición del sistema la mentira de la existencia de atajos al esfuerzo. Desde que la formación a los maestros la imparten gurús con polarización política pretendiendo enseñar lo que se debe pensar o, todo lo contrario, cultivar una ignorancia que, como decía Darwin (seguro que para otras referencias), con mayor frecuencia genera más confianza que el conocimiento… y es hasta capaz de aupar a un gobierno.
En el horizonte está precipitar el sufragio universal a los 16 años y adueñarse de su voto… y a algunos les puede valer que les susurren simplemente que no voten a otros porque, digan lo que digan, les racionarán internet. Desde que al niño se le entregó un poder que es incapaz de gestionar y donde es consciente que la falta de nivel no le penaliza en su recorrido escolar y podía ahorrar esfuerzos. Junto al miedo de novedosos e hipotéticos traumas que desaconsejan exigencia y disciplina, al mismo tiempo que se han ido multiplicado sus formas de ocio, de entretenimiento y de relacionarse con su participación cada vez más párvula. Desde que los padres se hicieron eco de esos miedos, los adoptaron como propios y sin darse cuenta les extendieron alfombra dándose por satisfechos con promociones gratuitas de un curso a otro por imperativo legal maquillado con evaluaciones competenciales; con que su hijo no pierda la referencia de sus amigos y con un alivio de tareas en casa que contribuyen a mejorar la convivencia familiar y relajación en cuanto que ven reducido el tiempo de implicación en el aprendizaje de sus hijos.
Quizás, como dijo el jefe indio Luther Oso en Pie Lakota, desde que la tarea más difícil de ser padres no fuera la de controlar el comportamiento de los hijos, sino controlar el propio. Desde que las aulas acogen una media de cuatro niveles diferentes y cuya diversidad arroja damnificados en cuanto a la imposibilidad de atención exclusiva y continua a cada uno de ellos que provoca que en alternancia desconecten y busquen otros entretenimientos que alteran el desarrollo normal de clase, asome el déficit de respeto que existe, se les deba llamar la atención y hacen de la interrupción frecuencia. Desde que al profesor se le desgasta y exprime de forma invisible, dejando ver solo las vacaciones de siempre para su juicio, en tareas burocráticas huecas que sirvan para justificar la imposición del sistema y del rosario de sueldos de todos aquellos que lo han ideado, que en nada mejoran el aprendizaje del niño, que motiva una falta de calidad en su atención, condiciona el tiempo de dedicación y descuida el ejercicio de otras labranzas que sí tendrían mayor eficacia, mejor efecto o consecuencia en el alumno; sin querer decir con ello que la labor que se realiza sea nula o estéril, pero impera el esfuerzo en el “trabajo sucio” que exige la ideología dominante para satisfacción propia a través de su sistema.
Según perspectivas políticas, a lo largo de estos tres lustros se han aplicado 4 reformas educativas adecuadas a una evolución que, paradójicamente, entraña cierta involución; con el riego expuesto y en este escenario, se focalizó el éxito en el bilingüismo, que haría que nuestros alumnos recitaran en inglés los versos de los 100 cañones de Espronceda; en el trabajo cooperativo, donde se exprime al más capaz o al mismo que cuando se llamaba trabajo en equipo y los demás recogían sus frutos; y en la varita mágica del desarrollo tecnológico y posibilidades de sus dispositivos y redes, donde algún iluminado, saltándose la inmadurez de estas criaturas, debió pensar que poniendo en la escuela a disposición del niño su “juguete favorito” los resultados serían espectaculares. Que ni mucho menos y ni mejor siquiera de lo que serían con otras exigencias o metodologías, hasta con poso añejo… o, incluso, con la filosofía del señor Miyagi aplicada a Daniel Larusso (Karate Kid) resumida en su célebre frase “poner cera, pulir cera” como metáfora que representa disciplina, paciencia y la idea de que el aprendizaje profundo requiere tiempo y práctica constante.
En la sombra, todos los intereses que se nos escapan en gestión de fondos para su favorecimiento ( a saber cuáles y si con desvíos a otros destinos y bolsillos), en cursos de formación , en materiales y digitalización (por otra parte, necesaria) y la cantidad de dudosas colocaciones con apertura de nuevas áreas y chiringuitos que premien lealtades (bienvenidos si fueran necesarios y si su acceso dependiera de una oposición o méritos) que han hecho que la educación para según quienes, ajenos al aula, sea un estupendo negocio. Esto se nos va de las manos y la inteligencia artificial imprime nuevos miedos y atajos (saludables y tóxicos a partes iguales según uso); de cara al próximo curso, intentando frenar o limitar (los detractores dirán que un paso atrás) ha reaccionado con tibieza la Comunidad de Madrid imponiendo ciertos cambios, que ya se verán si fértiles o estériles, con qué resultados y si son seguidos por otras Autonomías.
La orden es la siguiente: “Se elimina el uso individual de dispositivos digitales en los colegios sostenidos con fondos públicos, sin dejar de garantizar la adquisición de las competencias digitales recogidas en los currículos educativos de las diferentes etapas. Solo permitirá en infantil y primaria su utilización compartida y supervisada con un máximo de hasta dos horas semanales y ningún manejo para la etapa de 0-3 años. Tampoco se podrán mandar deberes que los escolares tengan que completar en sus casas con ordenadores o tablets. En secundaria serán los propios centros los que limiten su empleo individual o en grupo, según la edad y desarrollo de los estudiantes. Aquellos que ya tienen un programa con estas herramientas digitales para cada alumno tendrán un año de moratoria para adaptarse a la nueva normativa.”
¡Expectación!, no creo que sea gran cosa, parece que va contracorriente y considero que depende más de un debate mucho más profundo que debiera alterar otros contextos, como el familiar, político y social. Además y para que no me tengáis muy en cuenta, como decía Epicteto” El error del anciano es que pretende enjuiciar el hoy con el criterio del ayer” seguramente… y uno ya va para mayor. Sin que sirva de consuelo, tan cierto como que, para empatar, le respondería un sabio profesor que tuve “… y el del joven, juzgar el ayer con los criterios de hoy”. ¿Y el futuro? Pues a ver cómo se lo pinta este presente que será su pasado, tal vez haya que enseñar a desaprender. Recordad que estas son pseudopáginas, que en este caso son utilizadas por un servidor que anda preocupado, le afecta y echa mucho de menos un equilibrio entre el antes y el ahora sin pretender imponer velas habiendo bombillas. La cosa es seria. A modo de disculpa, uno atesora sus prejuicios, creyéndose estar absolutamente seguro de algo que no sabe y posiblemente ni sea tal cual expresa. En fin, siempre está la opción o recurso de mirar hacia otro lado…
Cristino
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