EL FUTBOL A SALVO
…y una vez salvado, continuará siendo lo más importante de las cosas menos importantes que nos envuelven, gracias a que España acudió al rescate. En este escenario, creo que hemos presenciado la primera final de un mundial donde todo el planeta futbolístico, excepto el nativo argentino, deseaba el triunfo de nuestra selección como ejercicio reivindicativo del futbol sin intoxicación y alarde de expresión de justicia. El enemigo a quien había que hacer frente no era tanto a un conjunto albiceleste mamporrero y mediocre, con destello insuficiente de su astro, como a la organización, intereses y negocio de quien precisamente debería proteger y velar por la salud del futbol. No nos engañemos, las grandes multinacionales, televisiones rastreando audiencia, marcas y empresas no invierten ingentes cantidades de dinero en publicidad para ligar a su firma a Olmo o Porro, que no les reportarán el mismo beneficio que los elegidos por legado que destacan en leyenda sobre el resto; y, en consecuencia, se adueñan del derecho de imponer sus condiciones para salvaguardar e incrementar su negocio.
En este contexto y ante la última oportunidad de exprimir y rentabilizar su imagen ante sus masas clientelares, Messi, aún en el ocaso de su carrera, además de ser de los mejores de siempre en este juego, suponía el producto estrella en estas lides comerciales y en el engranaje o estrategia mercantil. Por tanto, la exigencia se reducía a que había que alargar su participación y estirar su presencia lo máximo posible; así, viendo que por el rácano e insuficiente despliegue de futbol exhibido por su selección no le alcanzaba y auguraba despedida temprana, se decidió (yo diría que con grosería y estridencia) que ante la necesidad de mantenerlo en competición con el fin de blindar aludidos intereses relacionados, se allanara o facilitara a Argentina el recorrido hasta el partido final, que ante su hedor siempre se podría maquillar o justificar a través de la grandeza y aura de Leo y por la fábula de gen argentino como máximo exponente competitivo. Para ello, sin rubor ni sonrojo adultero, con permisividad e impunidad el atajo elegido fue poner a su servicio complicidad arbitral con aplicación de criterios diferentes al resto y una revisión VAR que en toda decisión que les pudiera perjudicar miraría hacia otra parte y hacia todo lo que le pudiera beneficiar se mostrara cirujánamente escrupuloso.
En su conjunto y bajo esta capa protectora ilimitada, la licencia para desarrollar sobre el césped una propuesta basada en la destrucción del juego, en evitar que el fútbol fluyera y reduciendo las virtudes adversarias a base del patrón de falta, empujón, encaramiento y provocación hacia el contrario y sus figuras más destacadas con el fin de desconectarlas o condicionar su rendimiento… y, en aspiración de gloria, confiar siempre en la inspiración de Messi, aunque residualmente fuera a balón parado. Con esta autorización, con picos de bronca y agresión, trato a favor, dopaje deportivo y agravio comparativo nos los impusieron en la final. Titubeante hasta el enfrentamiento contra Francia, España llegó a la última cita fiel a un estilo fundamentado en el trabajo de base que honra a este deporte, sin ayuda externa y con la confianza de un grupo en que uno a uno sobre el papel, quizás de discutible seleccionado e inferior al del 2010, podía partir entre los cinco mejores; pero en su conjunto, prestación y compromiso, anteponiendo el éxito colectivo al individual, minimizando egos y poniendo respectivos talentos a disposición de un combinado perfectamente sellado por Luis de la Fuente… un activista en valores, que seguramente sea mejor gestor de emociones, y persona que entrenador.
Desde su posición y responsabilidad, el eje angular y principal artífice de la gesta que fue capaz de unirles sin fisuras convenciéndoles en la idea de enrocar el concepto de equipo, conformando así un bloque insuperable, sin duda el mejor del campeonato e indiscutible vencedor. Con este aval y semejante tejido, el recorrido de los nuestros se traduce en la participación más fácil, menos sufrida y cómoda de los 17 mundiales (de 23) disputados. Tanto como puede refrendar y datar la abrumadora superioridad reflejada en el hecho de que Unai Simón solo concediera un gol en 8 partidos y no llegara a una decena de paradas en todo el campeonato; o los números comparados que arroja una final en que España asedió a Argentina con 20 remates, de los que 12 fueron entre los tres palos; posesión del 65%, dio 858 pases, de los que completó 774, superando el record de los 747, que también teníamos en propiedad desde la final 2010;solo Rodri completó más pases (101) que todo el centro del campo rival (86)… y únicamente Oyarzabal mereció amarillenta sanción.
Los de Scaloni, que son los que quiso su diez, tuvieron una posesión del 35%, realizó 456 pases de los que completó 357; solo les sancionaron 25 faltas de un repertorio mucho más amplio al que no se le aplicó la rigurosidad del reglamento; de la misma forma y mereciendo el doble, recibieron 5 tarjetas amarillas y una roja… y, en lo verdaderamente decisivo, durante 120 minutos remataron 2 veces (ambas fuera) y se les premió anulando inexplicablemente el tanto de Williams(min.96), un gol que con seguridad hubiera subido al marcador de haber sido argentino. Estadísticas que ni siquiera les debería dar opción a gramo de queja o duda y ridiculizarían excusarse en un arbitraje generoso con sus intereses y puesta en escena… permisivo con la lija sobre la seda. Labranza personificada en la sospechosa designación del esloveno Slavko Vincic, saltándose la norma de que la tarea debiera ser responsabilidad de un árbitro que no fuera del mismo continente que los enfrentados; un trencilla que en mayo de 2020 fue detenido por presuntos vínculos con una red de narcotráfico, prostitución y tráfico de armas que fue liberado horas después por afortunada coartada.
El personaje nos debe una explicación sobre la “barra libre” con que obsequió a Argentina en su empeño y la diferencia en rigor con que se expone en Europa, sirva como ejemplo cuando el pasado 15 de abril, en el partido de vuelta de Champions que enfrentaba al R.Madrid contra el Bayerm, expulsó a Camavinga en el minuto 86 por tardar cinco segundos en devolver el balón tras una falta; en ese momento los blancos iban ganando 2-3 y acabarían perdiendo 4-3, quedando eliminados. En fin, resuelta la final con el gol de Ferrán (min.106), a partir del pitido final, respetando y reconociendo excepciones directas y aficionadas, por parte de Argentina y de la misma manera que quedó demostrado que no sabían ganar, apología y manual de no saber perder, consecuencia de cuando crees que el futbol te pertenece, lo elevas a religión y te adjudicas el nivel más alto de pasión. Cosa que, por otra parte, es de agradecer porque te ahorra debate y discusión al retratarse a sí mismos sin ayuda ni desgaste ajeno. Con músculo mediático y en respuesta, el efecto conseguido es el contrario al pretendido y les señala directamente como responsables de clausurar a un Messi reducido y expuesto internacionalmente en multitud de delirantes e hirientes memes, en vez de con los honores, reconocimiento y respeto que merece.
Tan injusto como triste. Por todo ello, España con su triunfo no solo ha salvado al fútbol, también a la FIFA de escándalo completo, aunque parcial y en bochorno e indignación se tatuará en damnificados; y, por extensión, nuestro titulo concede vida extra o nueva oportunidad a la credibilidad arbitral, que debe hacer no pocos deberes, entre ellos el de blindarse, unificar criterio de decisión y no someterse. Hacia los nuestros, agradecimiento eterno por hacernos asequible una felicidad que en otros escenarios y espacios nos es imposible, por avivar nuestras emociones y orgullo y liberar su expresión; admiración y reconocimiento hacia todo el equipo y definitivo respeto para con “De la Fuente” de la que emana el éxito, hacia el hombre que los ha liderado a golpe de creer en un indivisible “todos juntos” con lo mejor de cada uno… también imposible en nuestra realidad social.
CRISTINO
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